Hoy quiero dirigirme a ti como rockero,
como parte de esa audiencia a la que te empeñas en bombardear con tu presencia
omnipresente. Ya no eres una invitada, sino una intrusa. Estás en todas partes,
en las redes sociales, en las apps, en la radio, en la televisión, en youtube,
en spotify, en las calles y hasta en los sueños que terminan siendo pesadillas cuando
caigo rendido al final del día. Estas letras no son para elogiar tu
omnipotencia, son para reflexionar sobre el daño que me estás haciendo así como
a las empresas que recurren a ti.
Hablemos del efecto que tienes en mi, tu
eterno receptor y ahora sufridor. Lo que antes era una cuestión de sugerencias
y descubrimientos se ha convertido en un grito chirriante de atención. Me
persigues y acosas con ofertas irrelevantes, con banners que interrumpen el visionado de videos que saltan de manera
agresiva entre canciones en mis plataformas de música favorita, con anuncios
que destrozan el tracto de esa canción, ese riff, que nunca estuvieron hechos
para entrecortarse. En lugar de captar mi atención, consigues alienarme y hasta
enfurecerme. En lugar de seducirme, me agobias. ¿Realmente no te has dado
cuenta de que menos es más?
Ahora, quiero hablar de las empresas que,
en su intento por destacar, han caído en tus redes enredadas. Queridas marcas,
¿no veis que esta saturación está erosionando mi confianza en vosotras? La
insistencia desmedida no solo resulta molesta, sino que también deshumaniza
vuestras propuestas. Me hace preguntarme si detrás de tanta insistencia hay
realmente un producto o servicio de calidad, o si solo estáis tratando de
llenar un vacío con ruido publicitario.
Pero no todo está perdido. Hay un camino
hacia la redención, y ese camino pasa por el respeto. Respetar los espacios de
este viejo rockero, entender sus verdaderas necesidades y ofrecer contenido
relevante que sume, que inspire y que informe. La publicidad puede ser poderosa
cuando está bien hecha, cuando toca las fibras adecuadas, cuando conecta en
lugar de invadir.
Por eso, hago un llamado tanto a la
industria publicitaria como a las marcas. Basta de saturar. Optar por la
creatividad, por la estrategia, por la empatía. Dejen de gritar y empiecen a
hablar. Solo así podrán recuperar la atención y el respeto de quien, al final
del día, tiene la última palabra, este viejo rockero.
Con esperanza y una pizca de paciencia, un
viejo rockero harto, cansado y enfurecido, pero dispuesto a escuchar cuando el
mensaje lo merece.
Por ahora y de momento, vade retro….
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