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sábado, 15 de marzo de 2025

LUCHAMOS Y MORIMOS EN LAS GUERRAS DE DON DINERO, UNA TRAGEDIA SIN FIN

La historia de la humanidad está escrita con sangre y oro. Desde los albores de la civilización, las guerras han sido el motor de cambios, conquistas y destrucción. Pero detrás de cada bandera, cada himno y cada grito de guerra, hay un titiritero que mueve los hilos en la sombra: el dinero.

Nos venden la idea del honor, de la patria, de la lucha por la libertad y la justicia. Se nos dice que el enemigo es otro, un rostro diferente, una lengua extraña, una ideología peligrosa. Nos programan desde pequeños para creer que la guerra es una respuesta legítima, una forma de proteger lo que amamos. Nos inculcan el miedo al otro y el deseo de defender lo propio, aunque muchas veces lo que consideramos propio nunca ha sido nuestro.

Pero cuando rascamos la superficie, encontramos una verdad incómoda: las guerras no son libradas por el pueblo en defensa de su libertad, sino por los poderosos en defensa de sus intereses. El dinero manda a los soldados al frente, pero rara vez se mancha las manos con la sangre que se derrama.

Morimos porque alguien ve ganancias en nuestra muerte. Morimos porque la industria de la guerra es un negocio multimillonario que necesita conflictos para seguir girando. Las balas, los tanques, los misiles, las armas que cruzan el cielo y arrancan vidas, son fabricadas por manos humanas, financiadas por bancos y vendidas por empresas que cotizan en bolsa.

Morimos porque la guerra no es solo un instrumento de poder, sino una forma de control. Mantiene a las poblaciones divididas, atemorizadas, desesperadas por seguridad. Morimos porque los mismos que generan los conflictos nos venden la solución: más armas, más intervención, más sangre. Y mientras tanto, ellos se sientan en sus palacios, contando los beneficios de nuestra tragedia.

El siglo XX y lo que llevamos del XXI nos han mostrado que las guerras no surgen de la nada. No son meras explosiones de odio entre pueblos. Son planificadas, justificadas, financiadas. Cada conflicto tiene detrás un complejo militar-industrial, intereses geopolíticos, empresas energéticas, corporaciones transnacionales que ven en la guerra una oportunidad de expansión.

Los medios de comunicación, muchas veces cómplices de este engranaje, nos presentan narrativas simplificadas: buenos contra malos, civilización contra barbarie, libertad contra opresión. Pero en realidad, los verdaderos dueños del mundo no tienen banderas. No se casan con ideologías, solo con el lucro. Hoy financian una causa, mañana la contraria. Lo que importa es que la rueda siga girando.

La primera trinchera es la conciencia. Entender que la guerra no es un destino inevitable, sino una construcción interesada, es el primer paso para resistirla. Debemos cuestionar las narrativas impuestas, buscar quién se beneficia realmente de los conflictos y rechazar la idea de que la guerra es la única solución.

Pero la conciencia sola no basta. Es necesario que los pueblos se organicen, que los soldados cuestionen las órdenes, que los ciudadanos exijan transparencia a sus gobiernos, que las corporaciones que se lucran con la muerte sean expuestas y boicoteadas. Porque mientras sigamos obedeciendo ciegamente, mientras sigamos marchando al son de tambores ajenos, seguiremos cayendo en campos de batalla que no nos pertenecen, dejando nuestras vidas en los altares de dioses que nunca nos han mirado con compasión.

Luchamos y morimos en las guerras de Don Dinero porque nos han convencido de que es nuestro deber. La verdadera lucha, entonces, es romper las cadenas de esa mentira y construir un mundo donde la sangre no sea la moneda de cambio de los poderosos.







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