Durante décadas el rock no
fue solo música: fue actitud, identidad y conflicto. El rock molestaba,
incomodaba, dividía generaciones y encendía debates en las casas, en los bares
y en la calle. Hoy, en cambio, el rock ya no molesta a nadie, y cuando una música
deja de incomodar, deja también de importar.
El rock ya no engancha porque
ya no representa una ruptura con nada. Nació como respuesta a una sociedad
rígida, conservadora y llena de normas no escritas. Elvis escandalizaba
moviendo las caderas, los Stones eran el lado oscuro frente a los Beatles, el
punk escupía rabia contra un sistema podrido y el metal gritaba lo que no se
podía decir en voz alta. Hoy el sistema ha aprendido a absorberlo todo, a
vender camisetas de los Ramones en grandes superficies y a usar guitarras
distorsionadas en anuncios de coches. El rock ha sido domesticado.
Los jóvenes que se
autodenominan rockeros viven, en su mayoría, de un pasado prestado. Escuchan
los mismos discos que escuchaban sus padres o sus abuelos, veneran a los mismos
dioses y repiten las mismas consignas como si fueran mantras sagrados. Se visten
como si el calendario se hubiese detenido en 1977 o en 1986, y confunden amor
por el rock con arqueología musical. No están construyendo nada nuevo: están
custodiando un museo.
El problema no es amar el
pasado, el problema es vivir únicamente en él. El rock siempre fue presente,
urgencia, aquí y ahora. Cuando se convierte en nostalgia permanente, en “ya
no se hace música como antes”, en comparación constante con una edad dorada
que no va a volver, pierde su razón de ser. El rock no nació para llorar
tiempos mejores, sino para prender fuego al presente.
A esto se suma que el mundo
ha cambiado, y el rock no ha sabido, -o no ha querido-, entenderlo. Las nuevas
generaciones no buscan épica eterna ni solos de diez minutos. Buscan
inmediatez, emoción directa, identidad fluida y conexión. El rock actual, en
muchos casos, sigue hablándoles como si vivieran en otra época, con códigos que
ya no les pertenecen. No es que los jóvenes “no entiendan el rock”; es
que el rock no está hablando su idioma.
Además, muchos jóvenes
rockeros caen en una trampa peligrosa: la del elitismo rancio. Se sienten
superiores por escuchar “música de verdad”, desprecian todo lo nuevo y
se atrincheran en una pose defensiva. Así no se conquista a nadie. Así no se
crea comunidad. Así solo se consigue que el rock parezca un club cerrado de
gente enfadada con el mundo, más preocupada por preservar una pureza imaginaria
que por crear algo vivo.
El rock ya no engancha porque
ha perdido hambre. Antes era el grito de quienes no tenían voz. Hoy muchos de
sus defensores solo quieren que el mundo se parezca a sus recuerdos. Pero la
música no funciona así. La cultura no funciona así. O se transforma, o muere
lentamente mientras suena de fondo en documentales y homenajes.
Y lo más triste no es que el
rock esté envejeciendo. Lo triste es que ha aceptado envejecer sin luchar,
repitiendo fórmulas, reverenciando a muertos ilustres y esperando que alguien
vuelva a sentir lo mismo que se sintió hace cuarenta años. Eso no va a pasar.
Nunca pasa.
Si el rock quiere volver a
importar, tendrá que dejar de mirarse el ombligo, dejar de vivir de su leyenda
y volver a ser incómodo, imperfecto y peligroso. Tendrá que hablar del mundo de
hoy, no del de ayer. Y, sobre todo, tendrá que asumir una verdad incómoda: no
es eterno por derecho divino. Solo sobrevive lo que se reinventa.
Hasta entonces, el rock
seguirá sonando… pero cada vez para menos gente, y cada vez más como el eco
glorioso de una batalla que ya terminó.

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