SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL ROCK (PEPE HOMER)

jueves, 3 de octubre de 2013

Democracia consentida...Dictadura de tapadillo

Seis cincuenta de la mañana y se repite por enésima vez, exacto y sobresaltado, el molesto soniquete diario de ese reloj-despertador que, amenazando el sueño, me vigila toda la noche desde la mesilla del dormitorio. Si, ese aparato infernal que me recuerda segundo a segundo que todo mi tiempo está condenado a muerte hasta que me libere de algunas necesidades necesarias. Como buen currante, como buen esclavo, me exige sin prolegómenos levantar de inmediato las carnes del plácido colchón para mal sostener esta sociedad de consumo, venida a menos.

Todavía dormido del ojo izquierdo y con las legañas bien pegadas en el derecho, tropezando torpemente con esas zapatillas de andar por casa, siempre feas y despeluchadas, me arrastro a oscuras hasta el cuarto de baño intentando no romperme las narices contra cualquier puerta o pared. Hago mis cositas con las cosas de mear como si fuera una señorita para evitarme la responsabilidad de apuntar mal en tan raquítico agujero del retrete y regar inconvenientemente su porcelana y alrededores.  Que gusto..., mientras cae el agüita amarilla descanso la cara cansina en ambas manos que, apoyadas en sus muñecas hasta los codos, se confabulan con las entumecidas piernas para alargar la vagancia. Momentos de placer, a oscuras para no quedarme mas ciego de lo que estoy. Sacudida la última gotita me atrevo... no, no me atrevo,...venga si me levanto de este mi trono, que me come la hora. Enciendo la luz sobre el espejo y me postro con humillación debajo de la cebolla de la ducha para asear tan aterido cuerpo. Menos mal que es ducha y el agua solo cubre los pies, porque en una bañera me hubiera ahogado. Con una toalla que me deja medio seco y con el culo al aire, me miro incrédulo y el espejo, -todavía lleno del vapor de agua de esa forzada ducha que no termina de despabilarme-, me devuelve entre sus tinieblas un rictus que no sé si es una media sonrisa de impotencia o la cara de un bobalicón con aspiraciones de pringado.

Peinado sobre la marcha de aquella manera, en calzones recién estrenados por limpios y con unas ganas automatizadas tras años y años de repetición mañanera, me planto en la cocina delante de un “frugal desayuno español” que solo sirve para calentar la garganta y quedarme como estaba, barruntando los problemas diarios que tendré que sortear.

Me trago con resignada obligación diaria el “nesquik” a palo seco en un vaso que, antes de su reciclaje, fue el tarro de la “nocilla”, que no están los tiempos para gastar en “duralex”. Siempre las prisas y, antes de salir de estampida al “Metro”, como buen marido moderno y responsable, acabo las tareas caseras que en justo reparto no hace la asistenta por horas que nunca contraté. Mientras me ilustro como taquimeca-lavandera con una pinta que muchos desearían ver colgada en facebook, me sigo preguntando y repreguntando cómo es posible que siendo mas, muchos mas, los pobres-currantes que poblamos pueblos y ciudades del mundo, siguen ganando las elecciones partidos políticos que, no sin descaro, siguen una y otra vez, legislatura tras legislatura, haciendo el caldo gordo al verdadero poder, a “Don Dinero”.

Vamos a ver si me entero de una vez por todas, que parezco gilipollas, mas ahora pegándole a la escoba que dejará tan limpita mi cocina. Si la democracia consiste en que las políticas que gobiernan nuestras vidas las proponen y aprueban los partidos políticos que han obtenido una mayor representación parlamentaria, legitimados en el mayor número de votos de los electores obtenidos en las urnas, ¿cómo es posible que todavía, después de mucho navegar esta democracia tan democrática, que la superlativa multitud de pobres y clase media baja sigan siendo los que siguen pringando hasta con la última gota de su sangre?.

Lo mire por donde lo mire, resulta matemáticamente incomprensible.

¿Será porque la soberanía nacional, realmente, no reside en el “pueblo español” sino en el “dinero español”?. A la vista de lo que acontece desde siempre, parece cierto. La prueba del algodón está en que el gobierno de turno termina “siempre” incumpliendo todas las promesas electorales que acercarían al “pueblo” al “poder”, reafirmando el eterno reinado de “Don Dinero”...y nunca pasa nada.

Cada vez resulta mas evidente..., el poder político-democrático es la herramienta servil del poder económico-financiero, la versión “light” de la dictadura cuando ya no podía sostenerse por más tiempo la chusquera de toda la vida.

Muy triste darse de sopetón una y otra vez con tamaño fiasco, pero es así. A pesar del pasito que tan ímprobos esfuerzos, sudores y sangres costó, seguimos en una Edad Media adaptada, coloreada artificialmente para los tiempos modernos. No nos dejan pedir ni acercarnos a “Don Dinero” porque, si lo quebrantamos, los sicarios del verdadero poder nos darían con un canto en los dientes. Vivimos,- y podemos darnos con el mismo canto en los dientes-, en una “democracia consentida” por la “dictadura de tapadillo” de “Don Dinero”.

Hagamos lo que hagamos, siempre tendremos los dientes rotos por el dichoso canto.

¡¡¡Uffs, que me pilla la hora!!!. Me visto a la carrera mi deslucido traje de la peor calidad, -mi mono de trabajo disfrazado de corbata-, cojo el canto que me toco en suerte para darme durante todo el día en los dientes por las bondades y privilegios que me trae la vida, -que otros siempre están y estarán peor-, y me largo a toda prisa a coger el “Metro”, no sea que llegue tarde al reloj de fichar y se me enfade “Don Dinero”.

Lo prometo, me daré y daré yo solito en los dientes todo el día con mi canto, toda la vida, que, seguro, lo haré mucho mas flojito que si me zurra mi Amo.

Somos y seremos, por mucho tiempo, electores “consentidos”... ”esclavos” de tapadillo.



jueves, 11 de julio de 2013

¡¡¡Mamita!!!,...¿¿¿seremos felices y comeremos perdices???

Mamita,...¿por qué aporreaban la puerta esos Señores tan serios y vestidos de negro?... ¿por qué han dado a papá ese papel que luego, cuando se han ido, ha tirado contra el suelo?. Es que tengo mucho miedo y con el susto se me escapa el pis. No quiero que llores ni ver a papá hablando solo y bajito palabras que no entiendo, mientras golpea con el puño cerrado el borde de la ventana con la mirada perdida en su cristal.

Quiero que cada mañana me despiertes con un beso y un te quiero, que corramos cogidos de la mano por la calle saludando a los vecinos que nos encontremos, ...al Sr. Paco del kiosko de los tebeos, a Doña Luisa en su panadería-bollería, que siempre huele que da hambre,... y llegar a tiempo al colegio y que cuando vengas por la tarde a recogerme a su puerta, para llevarme a casa, la sonrisa vuelva a llenar tu cara y hables mucho con las otras mamás de lo bonito y alegre que es todo, mientras sigo corriendo con mis amigos detrás de esa pelota que nunca para.

Quiero que me digas, cada día, que me tengo que comer todo el desayuno, toda la comida, todo el bocadillo de la merienda y toda la temprana cena, con todas y cada una de sus migas, para no quedarme “pequeñajo” y poder ser futbolista del Real Madrid.

Quiero que papá no esté triste todo el día en su sillón, mirando una y otra vez ese periódico en el que ha dibujado tantos círculos y rayas, que abre y cierra demasiadas veces para terminar llamando por el teléfono otras tantas a muchos sitios donde, no se qué dicen, le obligan a colgarlo miles de veces con cara desdibujada.

Quiero que, algún día, cuando descubra la madrugada y se vaya temprano a ese trabajo ahora quimérico, deje en el rellano de la puerta de casa su cartera, se vuelva con una sonrisa de oreja a oreja y te abrace y apretuje y te dé muchos besos para tan corta despedida hasta la hora de la comida, y que luego me coja y lance hacia el cielo mientras dice que me quiere y soy su campeón, volviéndose con una sonrisa eterna, muchas veces, a decirnos que luego volverá mientras se encamina a coger el bus que le llevará hasta el ansiado y digno esfuerzo diario.

Quiero que volvamos a jugar con el balón, al corre-corre por el parque, que vuelva a comprarme helados tan ricos, y que volvamos a jugar todos en mi habitación, como antes, al lado de mi osito que siempre sonríe, haciendo dibujos de coches, de casas con árboles, de los tres cogidos de la mano andando por el campo, cantando y bailando alegres canciones, y que me leáis cuentos en la cama antes de dormirme, donde todos terminan felices y comiendo perdices.

Quiero no despertarme sobresaltado por la noche sudando y respirando deprisa contigo, a mi lado, con los ojos rojos y húmedos, acariciándome la cara.

Quiero que vuelvas a la peluquería y te pongas tan guapa como antes. Sí, me gustaba ver como te mirabas en el espejo mientras te untabas los ojos y toda la cara con todos esos potingues que tienes olvidados en el armario del baño, y cuando terminabas a tu gusto, me guiñabas un ojo con sonrisa.

Quiero que cuando volvamos al parque de El Retiro nos tiremos muchas fotos con todos riendo y haciendo muecas a la cámara, salpicándola de agua, como a nuestra ropa, cuando montemos en una de las pequeñas barcas de su estanque, y que me dejéis un ratito los remos para demostraros que yo también puedo tirar de esta familia. Y que luego, amontonadas todas las fotos en la mesa del salón, las peguemos en un álbum para, cuando sea mayor, verlas una y otra vez y recordar lo bien que lo pasamos, ...que tuvimos una vida de cuento.

Quiero que esos Señores tan serios y vestidos de negro que aporrean la puerta de casa todos los meses no vuelvan nunca más, porque su cuento nunca acaba como ninguno de los bonitos cuentos que llenan la estantería de mi cuarto.

¡¡¡Mamita!!!,...¿¿¿seremos felices y comeremos perdices???.








jueves, 20 de junio de 2013

Los colegas, hermanos de la calle

Cada tarde, después de una penosa jornada escolar en la que tenías garantizadas, al menos, un par de buenas hostias como método didáctico habitual de unos profesores que se me atojaban como carceleros frustrados, después de un recreo con partido de fútbol entre mil partidos de fútbol y otras tantas pelotas en el patio de ese Colegio cuartelero, después del adiestramiento en el “Régimen”, después del recuento de esos niños que, mas que estudiantes, sus lastimeros ojos les delataban como pequeños esclavos y futuros esclavos del “Sistema” en sustitución de sus esclavos padres, y después del estridente timbre que ponía fin, por fin, a nuestro diario calvario, corríamos los colegas a juntarnos en ese deteriorado “banco” de la acera de mi calle como mil moscas zumbando alrededor de la luz.

Vivíamos ese régimen abierto infantil desde “nuestro banco”, que hacía las veces de Cuartel General para chismorrear, enredar y planificar nuestros juegos en “el cuadro”, “la tahona”, “la montaña” y “las escalerillas”. No es casualidad que los diez primeros minutos del film “Mensaka” (Salvador García Ruiz-1998) se rodaran allí, en mi barrio. Esas imágenes valen más que mil palabras.

Siempre juntos en la calle, en nuestra calle, una calle siempre llena de gente, gentecilla y gentucilla pajareando por doquier. En aquel barrio del extrarradio madrileño de los primeros años 70 la calle siempre era tumultuosa, vocinglera y ruidosa en sus quehaceres y una habitación mas de nuestro pírrico pisito de barriada de ensanche, con sus finas paredes reforzadas de papel pintado siempre cutre y recargado de formas estridentes y colores chillones, donde todos vivíamos con todos en una interminable comuna obrera.

Pasabas de tu casa a la calle y de la calle a tu casa, o a la casa de los vecinos y amigos, como quien cruza en zapatillas, camiseta siciliana y slip colgón del dormitorio al salón. Era la forma más barata de ampliar hasta la linde del barrio los medidos cincuenta metros cuadrados de un pisillo que a tus padres les costó una vida de trabajo y la propia vida. No era necesario mendigar un crédito de la maldita Caja de Ahorros y Monte de Piedad para tener esa amplia “terraza-jardín” en la que vivir y sobrevivir a salto de mata respirando el aire de un Madrid marcial, capital de una España en decadente desfile a paso de la oca.

Nuestra vida eran el día y la noche, como una mala y dramática copia de la rotación terrenal. Imagino que cuando estás hundido en el pozo durante mucho tiempo, la costumbre sobrelleva su húmeda estrechez y dureza pétrea, porque el cuerpo y la mente todo lo pueden. Pero cuando estás a oscuras en la soledad de tu calvario y al rato bañándote con tus colegas en los rayos del sol de tu calle, y vuelta a empezar, circulas por una encorsetada montaña rusa donde los rieles chirrían de principio a fin, soltando chispas, amenazando con descarrilar y hacer volar ese cochecillo enclenque en el que viaja tu vida, estrellándolo contra las piedras del suelo.

Los colegas pisaban tu mismo suelo, en invierno siempre embarrado y en verano siempre polvoriento, te miraban desde la misma altura, vestían los mismos vaqueros acampanados con aquellas camisas floreadas de cuellos anchos que, abiertas a medio pecho, dejaban a la vista aquellos medallones “hippies” que rulaban desde Monterey Pop. Fumaban, comían y bebían lo que tú fumabas, comías y bebías. Te reías con risotadas de los mismos chistes y te gustaban las mismas chicas por estar para todos igual de buenas y macizas. Nuestras miserias, juntos, eran menos. Solo juntos la lotería podía tocar. El colectivo siempre tenía respuesta para sus miembros y solución para casi cualquier problema que, en el peor de los casos, terminaba arreglándose a mamporros.

Compartíamos música, nuestro rock, ese rock de los primeros 70 que tenía el regusto del de final de los 60, “excalibur” de una rebeldía global que también era la nuestra, que bramaba de una radio-musicassette que era la envidia del barrio. Era el único momento donde, juntos, callábamos escuchando los himnos de unos dioses del rock que nos hacían libres mientras se consumía de mano en mano, de boca en boca, aquel cigarrillo “celtas corto” sin filtro de treinta céntimos de peseta.

Los colegas, mis hermanos de la calle, siempre.

                                                                            

                                                                                  










jueves, 21 de febrero de 2013

Supervivencia sostenible, vida para todos



Riqueza, avaricia, glotonería, ansia... consecuencias del miedo y debilidad más primarias que pisotean al prójimo como una estampida de temerosas ovinas.

Los que bandeamos el miedo y debilidad padecemos a personajes y personajillos gozosos, sonrientes, triunfantes con un deje de desprecio chulesco abofeteando diariamente a aquellos que someten a su exclusivo y excluyente servicio, presuntamente más débiles y por debajo de sus Señorías..... y se equivocan. Se equivocan y sobrevaloran porque lo que llaman amor propio y ambición es en realidad miedo y debilidad ante el incierto devenir futuro.

No me cambian el pulso quienes, no sé si por azar, por genética o por imperativo de un Dios omnipresente, gozan de hábiles cualidades para el manejo de la vida prometiendo a su vanidad algún premio y reconocimiento futuros en el Boletín Oficial del Estado y, aunque resulte extraño, respeto con devoción a aquellas personas de tantas, con sus defectos y virtudes, que ajustan con sudor, prudencia y orden las normalitas que les han tocado en suerte para jugarlas en la partida de la vida sin perder hasta la camisa y sin arrasar a cada hijo de vecino.

Pero a quienes ni soporto, ni justifico, ni dejo que se justifiquen en absoluto es a quienes, hábiles o torpes, sus primitivos miedo y debilidad empujan al acopio desmedido, irracional, carente de justificación empírica, de unos recursos que deben ser de todos para satisfacer, por los siglos de los siglos, unas necesidades que sobredimensionan, dejando en ayunas las mas básicas de otros.

Si no luchamos contra ese modo de malvivir la vida, que siempre ha sido lo corriente y moneda de cambio, seguiremos alimentando un desequilibrio social injustificable, una invitación a la gresca, cuando no a la guerra, entre personas, entre grupos, entre países, entre continentes, que ahora, por desgracia, se retroalimenta solito, haciendo de banqueros y financieros los insustituibles de la Tierra, mientras se mueren de hambre tantos inocentes.

Las necesidades deben cubrirse y satisfacerse con equilibrio, con una racionalidad que debemos exigirnos en beneficio de todos, con justicia, más ahora que la comunicación globalizada nos dice, en tiempo real, donde hay socavones sociales que debiéramos de tapar con tierra y rocas de unas lujosas montañas que se me antojan demasiado altas.

La supervivencia, si es sostenible, es vida para todos.