Cada tarde, después de una penosa jornada escolar en la que tenías garantizadas, al menos, un par de buenas hostias como método didáctico habitual de unos profesores que se me atojaban como carceleros frustrados, después de un recreo con partido de fútbol entre mil partidos de fútbol y otras tantas pelotas en el patio de ese Colegio cuartelero, después del adiestramiento en el “Régimen”, después del recuento de esos niños que, mas que estudiantes, sus lastimeros ojos les delataban como pequeños esclavos y futuros esclavos del “Sistema” en sustitución de sus esclavos padres, y después del estridente timbre que ponía fin, por fin, a nuestro diario calvario, corríamos los colegas a juntarnos en ese deteriorado “banco” de la acera de mi calle como mil moscas zumbando alrededor de la luz.
Vivíamos ese régimen abierto infantil desde “nuestro banco”, que hacía las veces de Cuartel General para chismorrear, enredar y planificar nuestros juegos en “el cuadro”, “la tahona”, “la montaña” y “las escalerillas”. No es casualidad que los diez primeros minutos del film “Mensaka” (Salvador García Ruiz-1998) se rodaran allí, en mi barrio. Esas imágenes valen más que mil palabras.
Siempre juntos en la calle, en nuestra calle, una calle siempre llena de gente, gentecilla y gentucilla pajareando por doquier. En aquel barrio del extrarradio madrileño de los primeros años 70 la calle siempre era tumultuosa, vocinglera y ruidosa en sus quehaceres y una habitación mas de nuestro pírrico pisito de barriada de ensanche, con sus finas paredes reforzadas de papel pintado siempre cutre y recargado de formas estridentes y colores chillones, donde todos vivíamos con todos en una interminable comuna obrera.
Pasabas de tu casa a la calle y de la calle a tu casa, o a la casa de los vecinos y amigos, como quien cruza en zapatillas, camiseta siciliana y slip colgón del dormitorio al salón. Era la forma más barata de ampliar hasta la linde del barrio los medidos cincuenta metros cuadrados de un pisillo que a tus padres les costó una vida de trabajo y la propia vida. No era necesario mendigar un crédito de la maldita Caja de Ahorros y Monte de Piedad para tener esa amplia “terraza-jardín” en la que vivir y sobrevivir a salto de mata respirando el aire de un Madrid marcial, capital de una España en decadente desfile a paso de la oca.
Nuestra vida eran el día y la noche, como una mala y dramática copia de la rotación terrenal. Imagino que cuando estás hundido en el pozo durante mucho tiempo, la costumbre sobrelleva su húmeda estrechez y dureza pétrea, porque el cuerpo y la mente todo lo pueden. Pero cuando estás a oscuras en la soledad de tu calvario y al rato bañándote con tus colegas en los rayos del sol de tu calle, y vuelta a empezar, circulas por una encorsetada montaña rusa donde los rieles chirrían de principio a fin, soltando chispas, amenazando con descarrilar y hacer volar ese cochecillo enclenque en el que viaja tu vida, estrellándolo contra las piedras del suelo.
Los colegas pisaban tu mismo suelo, en invierno siempre embarrado y en verano siempre polvoriento, te miraban desde la misma altura, vestían los mismos vaqueros acampanados con aquellas camisas floreadas de cuellos anchos que, abiertas a medio pecho, dejaban a la vista aquellos medallones “hippies” que rulaban desde Monterey Pop. Fumaban, comían y bebían lo que tú fumabas, comías y bebías. Te reías con risotadas de los mismos chistes y te gustaban las mismas chicas por estar para todos igual de buenas y macizas. Nuestras miserias, juntos, eran menos. Solo juntos la lotería podía tocar. El colectivo siempre tenía respuesta para sus miembros y solución para casi cualquier problema que, en el peor de los casos, terminaba arreglándose a mamporros.
Compartíamos música, nuestro rock, ese rock de los primeros 70 que tenía el regusto del de final de los 60, “excalibur” de una rebeldía global que también era la nuestra, que bramaba de una radio-musicassette que era la envidia del barrio. Era el único momento donde, juntos, callábamos escuchando los himnos de unos dioses del rock que nos hacían libres mientras se consumía de mano en mano, de boca en boca, aquel cigarrillo “celtas corto” sin filtro de treinta céntimos de peseta.
Los colegas, mis hermanos de la calle, siempre.
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