Era noble, sano y la mar de divertido, con tez morena, ojos pequeños, rasgados y pícaros, con una amplia sonrisa que siempre dejaba ver sus separados y llamativos dientes blancos. Mi amigo "Chaume" era esa clase de gente que siempre tiene que estar, que siempre debe de estar para que el mundo siga aprobando.
Pero la carretera no perdona el ímpetu juvenil y, aunque iba de paquete en la trasera de aquel coche también joven e impetuoso, como todos sus ocupantes, se dejó para siempre su sonrisa y nuestra alegría en "Puerta de Hierro" con sólo 18 años.
Todavía no sé muy bien la razón pero, desde entonces, cada vez que he escuchado y escucho, ya miles de veces, "Stairway to Heaven" de Led Zeppelin, el viejo amigo "Chaume" revive en mi con su eterna sonrisa; se ríe, me sonríe siempre, me habla, y, a pesar de su alegría y sus palabras, a mi se me saltan las lágrimas. Le veo feliz pero no tengo a mi amigo ya tan cerca como quisiera.
Sé que sigue siendo feliz allí donde está y que sólo a través de esa maravilosa canción puedo acercarme al amigo que nunca debió irse.
"Chaume" subió por la "Escalera al Cielo" y me deja acompañarle.

