Como la buena educación se presume y la cortesía formal
exige, comienzo cada mañana el trabajo con un templado “buenos días” hacia los parroquianos que deambulan tras la puerta de
este ladrón de momentos. La verdad sea dicha, es una salutación de compromiso
para muchos de los que me rodean allende mi hogar en el día a día, de cada día,
dejando mi verdadero yo para ese ramillete de buenos compañeros, desde y para
siempre, a quienes dedico mi esencia de gran reserva.
No soy tan mala persona como para desear a esta nutrida
legión de acompañantes un mal trago pero, en verdad, me importa más una sonrisa sincera
que su bonanza cerúlea. Lo dejo en un “veinticuatrohoras”
neutro, un “ni pa ti ni pa mi”, que tengas un buen día al tran tran, y todos tan
contentos. De esta forma, la cara de cartón con rictus de escozor que alimentamos
desde hace tanto tiempo, podrá mantener su sequedad.
Muchos, pero que muchos y hasta el hartazgo, han sido los
años de aguantarnos mutuamente para convivir en una parcelita políticamente
correcta, con muchas más penas que glorias y, desde luego, con algunas alegrías
de bote, laca y teñido y muchas, pero que muchas más, zancadillas de medio pelo
y algún navajazo trapero.
Después de muchos soles, lunas, algún que otro eclipse,
también de esperanza, y vísperas de fin de semana, los acompañantes que pisotean
el camino a mi derecha e izquierda, delante y detrás, incluso alguno intentando
subirse ranciamente a mis lomos o meterme la mano en el bolsillo para trapichear
cualquier baratija, no son, ni de lejos, como estos otros compañeros a los que
mimo, cuidándonos y restañando el cuerpo y espíritu cuando el calor es insufrible
o el frío hace tiritar las carnes hasta romperte los dientes.
Escaramuzas singulares entre grupúsculos reclutados, de las
que se escaparon algunos cachetes y pescozones que me pelaron el cogote, viendo
en mí una especie de columna a derribar cuando mi altura no sostiene por encima
más que el cielo. No tengo sobre mis hombros ningún capitel ni dórico, ni
jónico, ni corintio ni, muchos menos, techumbre más o menos artística o
subastable que defender a capa y espada.
Estos acompañantes de carambola han clavado el hombro, el
codo, la rodilla, la cadera, y todos y cada uno de los palos del camino entre
los radios de mi bicicleta de paseo para echarme a la cuneta; hasta esa vieja
silla de ruedas de despacho cutre me la arrojaron con tal de parar una carrera
que nunca comenzó. Luchan los acompañantes, erre que erre, contra sus propios
fantasmas, los mismos que hacen de su vida y laboro un
caminar triste, lacónico y rutinario.
Llegando casi al final del camino y mirando tras de mí lo
andado, la verdad es que se ve pedregoso hasta lontananza, polvoriento que casi
no deja ver lontananza y con muchos cardos en sus arcenes para que reprimas la
más mínima tentación de atajar por el terruño.
Nunca hubo tanta gente en el camino y nunca estuve tan solo.
Caminamos en la misma dirección pero nuestro destino es bien distinto. Los
acompañantes sobreviven a arañazos y yo sólo quiero llegar al final y tocar la
pared.
Teniendo a la vista el recodo, cercana la próxima revuelta
del camino que es la mía y donde me apeo por siempre, dejo a estos acompañantes
de sainete con la soledad de sus piedras para que ejecuten su eterna y mutua
lapidación, eso sí, siempre bien disimulada con una polvareda que todo lo nubla
y aguanta en una pose de concordia que nunca existirá en su tragicómica vida.
Antes de volver la mirada para siempre hacia el bendito escape, me congratulo y despido de sopetón.¡¡¡Acompañantes,…hasta nunca!!!!, me quedo con mis compañeros, con mis queridos compañeros.