SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL ROCK (PEPE HOMER)

martes, 25 de noviembre de 2014

Muchos acompañantes y pocos compañeros

Como la buena educación se presume y la cortesía formal exige, comienzo cada mañana el trabajo con un templado “buenos días” hacia los parroquianos que deambulan tras la puerta de este ladrón de momentos. La verdad sea dicha, es una salutación de compromiso para muchos de los que me rodean allende mi hogar en el día a día, de cada día, dejando mi verdadero yo para ese ramillete de buenos compañeros, desde y para siempre, a quienes dedico mi esencia de gran reserva.

No soy tan mala persona como para desear a esta nutrida legión de acompañantes un mal trago pero, en verdad, me importa más una sonrisa sincera que su bonanza cerúlea. Lo dejo en un “veinticuatrohoras” neutro, un “ni pa ti ni pa mi”, que tengas un buen día al tran tran, y todos tan contentos. De esta forma, la cara de cartón con rictus de escozor que alimentamos desde hace tanto tiempo, podrá mantener su sequedad.

Muchos, pero que muchos y hasta el hartazgo, han sido los años de aguantarnos mutuamente para convivir en una parcelita políticamente correcta, con muchas más penas que glorias y, desde luego, con algunas alegrías de bote, laca y teñido y muchas, pero que muchas más, zancadillas de medio pelo y algún navajazo trapero.

Después de muchos soles, lunas, algún que otro eclipse, también de esperanza, y vísperas de fin de semana, los acompañantes que pisotean el camino a mi derecha e izquierda, delante y detrás, incluso alguno intentando subirse ranciamente a mis lomos o meterme la mano en el bolsillo para trapichear cualquier baratija, no son, ni de lejos, como estos otros compañeros a los que mimo, cuidándonos y restañando el cuerpo y espíritu cuando el calor es insufrible o el frío hace tiritar las carnes hasta romperte los dientes.

Escaramuzas singulares entre grupúsculos reclutados, de las que se escaparon algunos cachetes y pescozones que me pelaron el cogote, viendo en mí una especie de columna a derribar cuando mi altura no sostiene por encima más que el cielo. No tengo sobre mis hombros ningún capitel ni dórico, ni jónico, ni corintio ni, muchos menos, techumbre más o menos artística o subastable que defender a capa y espada.

Estos acompañantes de carambola han clavado el hombro, el codo, la rodilla, la cadera, y todos y cada uno de los palos del camino entre los radios de mi bicicleta de paseo para echarme a la cuneta; hasta esa vieja silla de ruedas de despacho cutre me la arrojaron con tal de parar una carrera que nunca comenzó. Luchan los acompañantes, erre que erre, contra sus propios fantasmas, los mismos que hacen de su vida y laboro un caminar triste, lacónico y rutinario.

Llegando casi al final del camino y mirando tras de mí lo andado, la verdad es que se ve pedregoso hasta lontananza, polvoriento que casi no deja ver lontananza y con muchos cardos en sus arcenes para que reprimas la más mínima tentación de atajar por el terruño.

Nunca hubo tanta gente en el camino y nunca estuve tan solo. Caminamos en la misma dirección pero nuestro destino es bien distinto. Los acompañantes sobreviven a arañazos y yo sólo quiero llegar al final y tocar la pared.

Teniendo a la vista el recodo, cercana la próxima revuelta del camino que es la mía y donde me apeo por siempre, dejo a estos acompañantes de sainete con la soledad de sus piedras para que ejecuten su eterna y mutua lapidación, eso sí, siempre bien disimulada con una polvareda que todo lo nubla y aguanta en una pose de concordia que nunca existirá en su tragicómica vida.

Antes de volver la mirada para siempre hacia el bendito escape, me congratulo y despido de sopetón.¡¡¡Acompañantes,…hasta nunca!!!!, me quedo con mis compañeros, con mis queridos compañeros.










lunes, 21 de julio de 2014

Demasiado tonto ilustrado

Estoy como gallina en corral ajeno y no veo por donde escapar de este cacareo atronador e incomprensible. No me integro en esta empalagosa “perfomance” que me rodea, fruto de un colectivo barbilampiño y ortopedia siliconada, parido por la hamburguesa y el “manga”.

El sentido común, la salvaguarda de la esencia práctica de nuestra tradición, el rigor empírico y la experiencia ligada a la percepción sensorial como instrumento para la formación del conocimiento y la dirección de nuestra existencia, están “demodé”.

Ahora, los superhéroes de papel couché gobiernan, -desde su inmaculado estucado-, nuestros pasos, nuestros gustos, nuestros curros y nuestras vidas. Esgrimiendo el parágrafo “no hagas caso de la gente, la tecnología es más divertida”, se regodean en avergonzar a sus ancestros por un pasado condecorado con algunas medallas que sí fueron justas.

Han rellenado su vida de ausencia práctica a cambio de una teoría ramplona bautizada de innovación donde no huele, ni un poco, a sudor de garaje. No son conscientes estos mandos aniñados que han vivido raquíticamente sin pararse un momentito a observar y respetar la vida de los demás, que es parte de la suya.

Para estos turbo-gestores del siglo XXI, la calle es donde hace un frío o calor insufribles, según las fechas del almanaque, y donde sus preciados zapatos, a los que han dedicado demasiado tiempo en abrillantar, se mojan y embarran esos días odiosos de lluvia entre tanto caminante anónimo que les estorba; un espacio baldío por el que se pasa sin parar, sin mirar y, lo que es peor, sin sentir.

Antes, el tonto era tonto y ejercía como tal, sin más. Era el claro ejemplo de lo que se debía compadecer por el resto de mortales del montón. Ahora, el tonto se puede ilustrar y lo hace sin complejos, disimulando su baba, engordando su estrecha mollera de una teoría de salón y gobernando con una manita suave y sin callo desde las nubes para tantos involuntarios sufridores. Ya no es ejemplo de lo que se debe compadecer, sino el manifiesto ejemplo de lo que no se debe consentir.

Demasiado tonto ilustrado, “vade retro”.


                                                                                

domingo, 11 de mayo de 2014

La Banda del Oswan - Músicos de Compañía (videoclip oficial)

"La Banda del Oswan" se ha embarcado en un nuevo proyecto que es mas un sueño por casi irrealizable, pero que hace de la ilusión su impulso. Conseguir música a la carta, por necesidad, por gusto, por capricho, por gastar, por tocar los cojones, por lo que sea, previo su pedido on line.

Bajo el sugerente y calentito título de "Músicos de compañía" se refugia un sonido y unos arreglos bien trabajados, al detalle, que unido al carisma y frescura de estos cinco de Hortaleza, hace que lo primerito que sientes sea una sensación de agustito divertido y que aquí no pasa lo que está pasando en la puta calle. Por encima de todo, traen buen rollito y mejor sonido.

Ayer presentaron este su tercer disco en la Sala "Moby Dick" de Madrid y este es su videoclip oficial.

Es solo rock and roll y nos gusta, nos gustaron y apuntan a que nos gustarán.

                                                                                     

viernes, 24 de enero de 2014

Economía global sostenible, la guinda del equilibrio mundial

Recordando hasta donde alcanza nuestra memoria histórica, vemos como ha desfilado una interminable plaga de hordas levantiscas y ejércitos acorazados de mercenarios guerreando por el insaciable interés de sus laureados amos, siempre a sangre y fuego, saqueando todas y cada una de las haciendas, con su honra, de quienes desmembraban con el arma de su soldadesca.

Arrasaban aquí, allí y allende los mares con la misma ligereza y habitualidad que quien cada tarde dominguera recoge manzanilla por la campiña para hacerse pócimas que amainen los gases del vientre.

Épocas donde era obligado cepillarse a todos los vecinos, -y por supuesto a las vecinas más jóvenes y lozanas-, dándoles boleto hasta el infierno con abundante parafernalia sanguinolenta por el simple hecho de pisar firme frente a los poderosos de turno.

La verdad es que tanta sangre y amputación resultaban muy desagradables para el día a día, amén de un actuar repetitivo y tostón para los libros de historia. Hoy me tocaba a mi y mañana eras tu quien teñía la espada de rojo y el alma de negro, enterrando los cuerpos destrozados del campo de batalla. Casi todos los héroes eran militares que daban nombres a plazas y calles, vitoreando pisotear en campo ajeno o defender con la victoria, o como mártir en la derrota, el honor de una patria metida a empellones y codazos en un mapa político siempre discutido y discutible.

Tuvo que ser la vieja Europa quien a mediados de la vigésima centuria, desangrándose por todas sus heridas, la que se convenciera de que aquel no era el camino y decidiera poner fin a este carnaval histórico de guerras cíclicas, convenciéndose que solo con la unidad económica, primero, y la unidad política, después, se podría alcanzar un nivel suficiente de confort social que evitase la tentación quinquenal de pegar de mamporros al prójimo.

Con el siempre preceptivo permiso de los Señores, que haberlos hay y por mucho que nos pese, se va consiguiendo a trancas y barrancas, gota a gota, algo parecido al más avanzado equilibrio de intereses que ha conocido nuestra negra historia y, espero, se haga extenso como buen comienzo a todos los rincones de este martirizado globo.

Es difícil, pero tiempo al tiempo. La guerra sigue siendo un negocio para muchos Señores y, amigo, si hay “money” de por medio y en juego, se provocan y se alimentan los conflictos guerreros más allá de sus fronteras, que no están los tiempos para fastidiar las cuentas de resultados de las empresas de armamento y los Estados que las cobijan.

Solo con una economía global sostenible que acorte las inaceptables diferencias sociales, al menos las más básicas, podrán detenerse los cañoneos de fuego que incendian por doquier unos territorios que con la internet, el skype y el whatsapp son como nuestros en un menguante pañuelo donde nos encontramos todos bien apretados.

Conseguir una economía global sostenible, sería la guinda del equilibrio mundial.




                                                                                   

jueves, 9 de enero de 2014

¿Dónde quedó, amigo, tu amor propio?

Caminas, amigo, encorvado y sin rumbo cierto, con ojos lánguidos y perdidos que dibujan el zig-zag de las baldosas en cada fría acera de la ciudad, con el cuello de esa gabardina de marca levantado para esconder en el anonimato tu enclenque identidad, penando con las manos bien apretadas en los bolsillos, como escondidas e inactivas, arrastrando los pies, el conformismo temeroso que te invade para no inquietar tu “zona de confort”.  

Desde lo más hondo de tu hombría, -ahora bien entumecida y desdibujada por el miedo crónico a casi todo-, sabes que para sobrevivir no hace falta chupar ninguna entrepierna. Pero, pero y por si acaso, estás dispuesto a comerte y no hacer ascos a cualquier verga, ya sea erecta o triste colgajo, con tal de mantener este mundo hecho de retales hasta el día de tu triste ocaso.

Da igual que tu terrenito de confort sea insulso y pobrecillo, y te consuelas tontamente pensando que otros lo amueblan con maderas carcomidas por ese subsidio estatal, autonómico o local de por vida, versión moderna de la limosna que tiraban los Señoritos a los mendigos acurrucados a las puertas de la acaudalada Iglesia.

No levantas, amigo, la voz una sola vez, ni una mano, ni la otra tampoco, ni las cejas, ni que se te ocurra, dice tu peor yo. Da igual lo que veas, lo que escuches, lo que comas, lo que bebas, lo que tragues una y otra vez, siempre callas callastronamente con un rictus jodidamente callado. Eres dócil, muy dócil, dócil en estado superlativo, ejemplo de una vergonzante docilidad.

No temas, amigo, estírate y marca tu devenir, dale apresto a tu paso y respira, vive, ten redaños para degustar y sufrir lo que te encuentres en el día a día sin miedo, se honesto contigo y con los demás, que lo vean tus vecinos, admírate y que lo admiren para que terminen buscando su propio yo. Admirémonos porque para sobrevivir no hace falta comerse ningún cipote ajeno.

Hasta entonces, te recordaré constante ¿dónde quedó, amigo, tu amor propio?.