Desde siempre me sorprendió como algunos músicos se limitan a ejecutar la música que leen en el pentagrama, como quien pajarea en la cocina al dictado de un recetario ajeno para transformar sus pasos de cocción en algo comestible. No sé, como que les falta un mando a distancia para terminar de ser los autómatas que desde siempre parecieron.
Leen cadencial entre cinco líneas y cuatro espacios los pulsos y compases, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, redondas, palos, bemoles, sostenidos, siempre con ojos fríos, cara rígida, pose encorsetada, cansina, y en exacta formación para llamar gélidamente las notas de unos instrumentos cuyo éxito está en alcanzar un cover con matemática cuadratura musical. No utilizan los instrumentos para sacar el sentimiento que la música puede descubrir en sus almas y se conforman con que su conjunta ejecución sea fiel reflejo de los viejos y arrugados pentagramas que se tambalean en los atriles a la tenue luz de un mar de parpadeantes bombillas.
Quiero al músico que cierra los ojos y se funde con su instrumento para escarbar con la música en su alma. No la tiene que leer porque la parió de sus entrañas y ya forma parte de su ser. Gesticula porque siente placer o dolor según los días, las horas, los momentos, las personas, haciendo de cada ejecución algo especial y diferente, conectando con sus oyentes incluso a través de un cover al que le ha puesto su yo.
¿Pentagrama?...no, gracias.
Leen cadencial entre cinco líneas y cuatro espacios los pulsos y compases, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, redondas, palos, bemoles, sostenidos, siempre con ojos fríos, cara rígida, pose encorsetada, cansina, y en exacta formación para llamar gélidamente las notas de unos instrumentos cuyo éxito está en alcanzar un cover con matemática cuadratura musical. No utilizan los instrumentos para sacar el sentimiento que la música puede descubrir en sus almas y se conforman con que su conjunta ejecución sea fiel reflejo de los viejos y arrugados pentagramas que se tambalean en los atriles a la tenue luz de un mar de parpadeantes bombillas.
Quiero al músico que cierra los ojos y se funde con su instrumento para escarbar con la música en su alma. No la tiene que leer porque la parió de sus entrañas y ya forma parte de su ser. Gesticula porque siente placer o dolor según los días, las horas, los momentos, las personas, haciendo de cada ejecución algo especial y diferente, conectando con sus oyentes incluso a través de un cover al que le ha puesto su yo.
¿Pentagrama?...no, gracias.