A veces cierro los ojos y me veo como un crío
flaco, con las rodillas llenas de costras, los zapatos baratos y la mirada
triste. Me veo caminando por las calles polvorientas de un barrio obrero, donde
el sol pegaba fuerte pero la vida no calentaba. Era la España de Franco. Gris.
Silenciosa. Rígida como el cinturón que colgaba tras la puerta del colegio.
No recuerdo muchas risas en casa. Mi padre
trabajaba de sol a sol y volvía con la espalda rota y el corazón endurecido por
la necesidad. Mi madre, puro sacrificio, fregaba hasta que las manos se
entumecían, siempre agrietadas. En esa casa no se hablaba de sentimientos. No
se preguntaba cómo te sentías. Uno comía, dormía y obedecía.
Yo era un niño con miedo. Miedo al castigo, a
equivocarme, a los métodos de los profesores del colegio y a ese Jefe de
Estudios que por una nimiedad te partía la cara. Miedo a levantar la voz. Miedo
a no cumplir con los designios que la familia marcaba. Pero también tenía
hambre. No sólo de pan —que tampoco sobraba—, sino de libertad, de ternura, de
algo que no sabía nombrar pero que intuía que existía. Y existía.
Tardó en llegar, pero un día lo encontré. Mejor
dicho, “LA” encontré. En una mirada, en una risa compartida, en una canción con
una maravillosa letra que me sacó del pozo. Me enamoré de una mujer y de una
vida distinta. Vino ella, con sus ojos llenos de coraje y su manera de
abrazarme sin miedo. Me enseñó a creer, a romper el ciclo, a decir "no"
cuando dolía y "sí" cuando valía la pena.
Construimos juntos lo que yo nunca tuve: un hogar
feliz. Con discusiones, claro. Con tropiezos, también. Pero también con música,
con abrazos, con palabras dulces dichas sin vergüenza. Aprendí a ser padre de
unos hijos modélicos sin copiar el modelo. Aprendí a estar, a mirar, a cuidar.
No fui perfecto, pero fui presente. Y eso, creo, hizo la diferencia.
Hoy soy abuelo. Y cuando mis nietos hoy bebés corran
hacia mí, cuando me llamen "abu", cuando me dibujen con bastón
y capa de superhéroe… sentiré que todo valió la pena. Que aquel niño asustado
logró encontrar su sitio en el mundo.
Si pudiera escribirle una carta y remitirla bien
franqueada al pasado, le diría: "Aguanta. No te rompas. La vida duele
al principio, pero también sorprende. Hay amor esperándote, hay futuro. No te
rindas."
Y tal vez, sólo tal vez, ese niño me sonreiría desde algún rincón de ese negro pasado.
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