En aquella España de los
años 60, la música era un refugio y un grito de libertad en medio de una
sociedad marcada por la dictadura, la censura y las costumbres rígidas.
Mientras los jóvenes del Reino Unido y Estados Unidos vibraban con los Beatles,
los Rolling Stones, Bob Dylan y el espíritu rebelde del rock and roll, en
España las cosas iban más despacio, pero no por ello faltaba la pasión por la
música.
Los guateques eran el
epicentro de la revolución juvenil, donde con un tocadiscos y unos cuantos
vinilos se podía desafiar, aunque fuera por un rato, el orden establecido.
Grupos como Los Brincos, Los Salvajes y Lone Star traían
aires de cambio, adaptando la esencia del rock anglosajón a un país donde la
guitarra eléctrica todavía era vista con recelo por los sectores conservadores.
Las emisoras de radio y
programas como "El Gran Musical" jugaban un papel clave en la
difusión de nuevas tendencias, aunque siempre bajo la atenta mirada de la
censura. Pese a las restricciones, el rock y el pop fueron calando en la
juventud española, dando lugar a una escena vibrante que en los años 70
terminaría por explotar con una fuerza imparable.
En los años 70, el país
vivía una transformación latente, un volcán a punto de estallar. Aún bajo la
sombra del franquismo, las calles bullían con una juventud que ansiaba
libertad, que buscaba su identidad a través de la música, el cine y la cultura
underground.
El rock empezó a ganar
terreno, con bandas como Smash, Triana o Leño plantando la
semilla de lo que luego sería el rock urbano y el rock andaluz. Mientras tanto,
en los bares y garitos, se escuchaban los ecos de Deep Purple, Led Zeppelin o
Black Sabbath, influyendo a una generación que quería romper con las normas
establecidas.
Los festivales, aunque
escasos y semiclandestinos, eran verdaderos oasis de rebeldía. En muchos lugares
se gestaba una revolución sonora, un grito ahogado que anticipaba la explosión
cultural de la Transición.
La censura aún mordía con
fuerza, pero el cine quinqui, los cómics de El Víbora y las letras afiladas de
algunos cantautores demostraban que el sistema tenía grietas. Y en las paredes
de muchas ciudades, el spray dejaba mensajes de resistencia.
En los años 80, el país
vibraba con una energía única, un torbellino de cambios sociales, políticos y
culturales que lo transformaban todo. La Movida Madrileña ponía la banda sonora
de una juventud que quería romper con el pasado, las calles se llenaban de
colores estridentes y la rebeldía se respiraba en cada esquina. Era la época de
Tierno Galván llamando a la fiesta desde el balcón, de los bares repletos de
tribus urbanas, de la euforia por el Mundial del 82 y la llegada de la
democracia plena.
El rock español vivía su
explosión definitiva. Barricada, Leño, Los Suaves y Burning
rugían con fuerza, mientras Radio Futura, Alaska y los Pegamoides
o Nacha Pop le ponían un toque más vanguardista al panorama. No era solo
música, era una actitud, una declaración de principios en un país que quería
vivir sin miedo, sin censura y sin ataduras.
Las revistas como Vibraciones y Rockdelux eran biblias para los amantes del
sonido más eléctrico, mientras las emisoras de radio clandestinas pinchaban lo
que las grandes cadenas aún no se atrevían a emitir. La gente se agolpaba en
los conciertos, sudando bajo el calor de los focos y cantando con el puño en
alto.
Pero España también tenía
su lado más oscuro, la heroína se llevaba a demasiados jóvenes por delante, los
ajustes de la Transición aún generaban tensiones y el paro golpeaba fuerte. Sin
embargo, la sensación de que el futuro era nuestro lo llenaba todo.
Era una década de excesos
y de descubrimientos, de romper cadenas y de gritar bien alto.
En los años 1990, el rock
and roll seguía rugiendo en los bares de mala muerte, en las radios piratas y
en los corazones de toda una generación que se negaba a ser domesticada. Eran
tiempos de contrastes, la Movida agonizaba, el grunge venía con fuerza desde
Seattle y en los barrios las chupas de cuero y las camisetas de Extremoduro
o Barricada eran casi un uniforme de batalla.
El país había cambiado
mucho desde la Transición, pero en los garitos de rock la esencia seguía siendo
la misma: cervezas baratas, humo de tabaco y guitarras que escupían rabia y
poesía. En cada pueblo, en cada ciudad, había bandas que peleaban por su sitio,
con fanzines fotocopiados y maquetas grabadas en garajes. El rock patrio vivía
su propio boom underground, con el punk, el heavy y el rock urbano como
bandera.
Los 90 fueron años de
explosión musical, de festivales que empezaban a coger fuerza, de la llegada
del CD y de los primeros coqueteos con Internet. Pero, sobre todo, fueron años
en los que la música seguía siendo un refugio, una forma de resistencia y un
grito de libertad. Porque en aquella España de los 90, ser rockero no era una
moda, era una forma de vida.
El rock fue una bocanada
de aire fresco y libertad en la muy dura España del sigo XX.
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