La radio, esa vieja compañera de
carretera, de madrugadas de insomnio y tardes eternas, ya no es lo que era. Y
no porque el tiempo pase, sino porque se ha rendido. Se rindió al algoritmo
fácil, al éxito inmediato, a la comodidad de repetir lo mismo mil veces. Hace
años la radio era descubrimiento: te ponías a escuchar y de repente te
encontrabas con una guitarra que te atravesaba el pecho, una voz que te sacudía
por dentro o una banda que no conocías pero acababa marcándote la vida. Hoy, en
cambio, es una cinta interminable de lo “aceptable”, lo “comercial”, lo
“vendible”.
La radio ha
olvidado que el rock no es solo música: es una actitud, un refugio, una
sacudida necesaria contra la monotonía. Antes era la ventana por la que se
colaba la rebeldía, hoy es una pared de plástico pulido donde no cabe ni una
distorsión de guitarra. Nos venden playlists prefabricadas, nos repiten las
mismas canciones veinte veces al día y, cuando aparece algo remotamente
interesante, dura un suspiro entre tanta mediocridad. ¿Dónde quedaron los
programas que arriesgaban, que apostaban por bandas nuevas, que recordaban
clásicos sin vergüenza? ¿Dónde quedó el locutor apasionado que hablaba de la
música como quien habla de la vida?
Y luego está
la publicidad… esa plaga que lo devora todo. No escuchas radio, escuchas
anuncios con pequeños trozos de música en medio. Cada cinco minutos te
bombardean con coches que no necesitas, seguros que no pediste, promociones que
no te importan. Es agotador. Te cortan la emoción, te rompen la canción, te
sacan del momento. La radio ya no te acompaña: te vende. Se ha convertido en
una máquina de interrupciones, en un muro de ruido comercial que impide
cualquier conexión real con lo que suena.
Por eso,
para muchos de nosotros, la radio ya no vale. Porque dejó de ser compañera y se
convirtió en producto. Porque dejó de ser espacio cultural y pasó a ser
escaparate publicitario. Porque dejó de escuchar a la gente para escuchar solo
a las marcas.
Y ojo, no es
que el rock haya muerto: sigue vivo, más vivo que nunca, latiendo en salas
pequeñas, en plataformas, en gente que todavía siente el pulso de la guitarra y
el rugido del amplificador. Lo que ha muerto es la valentía de la radio. La
capacidad de decir: “Aquí estamos, vamos a poner algo que lo mismo no es lo que
dicta el mercado… pero es auténtico”. Eso, hoy, casi no existe.
Así que
quizá la conclusión es simple: la radio dejó de merecernos cuando dejó de
apostar por la música de verdad. Cuando dejó de entender que el rock no es
moda, es identidad. Y cuando prefirió el anuncio fácil a la emoción profunda.
Mientras ellos siguen llenando el aire de publicidad y canciones inofensivas,
nosotros seguiremos buscando el rock donde aún late: lejos de los micrófonos
domesticados, cerca del corazón.
Porque si algo tenemos claro es esto: el rock no
necesita a la radio. Pero la radio, sin rock, se quedó sin alma.
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