SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL ROCK (PEPE HOMER)

martes, 30 de diciembre de 2025

APAGA LA RADIO

La radio, esa vieja compañera de carretera, de madrugadas de insomnio y tardes eternas, ya no es lo que era. Y no porque el tiempo pase, sino porque se ha rendido. Se rindió al algoritmo fácil, al éxito inmediato, a la comodidad de repetir lo mismo mil veces. Hace años la radio era descubrimiento: te ponías a escuchar y de repente te encontrabas con una guitarra que te atravesaba el pecho, una voz que te sacudía por dentro o una banda que no conocías pero acababa marcándote la vida. Hoy, en cambio, es una cinta interminable de lo “aceptable”, lo “comercial”, lo “vendible”.

La radio ha olvidado que el rock no es solo música: es una actitud, un refugio, una sacudida necesaria contra la monotonía. Antes era la ventana por la que se colaba la rebeldía, hoy es una pared de plástico pulido donde no cabe ni una distorsión de guitarra. Nos venden playlists prefabricadas, nos repiten las mismas canciones veinte veces al día y, cuando aparece algo remotamente interesante, dura un suspiro entre tanta mediocridad. ¿Dónde quedaron los programas que arriesgaban, que apostaban por bandas nuevas, que recordaban clásicos sin vergüenza? ¿Dónde quedó el locutor apasionado que hablaba de la música como quien habla de la vida?

Y luego está la publicidad… esa plaga que lo devora todo. No escuchas radio, escuchas anuncios con pequeños trozos de música en medio. Cada cinco minutos te bombardean con coches que no necesitas, seguros que no pediste, promociones que no te importan. Es agotador. Te cortan la emoción, te rompen la canción, te sacan del momento. La radio ya no te acompaña: te vende. Se ha convertido en una máquina de interrupciones, en un muro de ruido comercial que impide cualquier conexión real con lo que suena.

Por eso, para muchos de nosotros, la radio ya no vale. Porque dejó de ser compañera y se convirtió en producto. Porque dejó de ser espacio cultural y pasó a ser escaparate publicitario. Porque dejó de escuchar a la gente para escuchar solo a las marcas.

Y ojo, no es que el rock haya muerto: sigue vivo, más vivo que nunca, latiendo en salas pequeñas, en plataformas, en gente que todavía siente el pulso de la guitarra y el rugido del amplificador. Lo que ha muerto es la valentía de la radio. La capacidad de decir: “Aquí estamos, vamos a poner algo que lo mismo no es lo que dicta el mercado… pero es auténtico”. Eso, hoy, casi no existe.

Así que quizá la conclusión es simple: la radio dejó de merecernos cuando dejó de apostar por la música de verdad. Cuando dejó de entender que el rock no es moda, es identidad. Y cuando prefirió el anuncio fácil a la emoción profunda. Mientras ellos siguen llenando el aire de publicidad y canciones inofensivas, nosotros seguiremos buscando el rock donde aún late: lejos de los micrófonos domesticados, cerca del corazón.

Porque si algo tenemos claro es esto: el rock no necesita a la radio. Pero la radio, sin rock, se quedó sin alma.




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