Llegó cuando el protagonismo de su primogénito hermano estaba en todo lo alto, cuando el rey de la montaña lo era por tenerse a gatas, tomar leche de continuación y papilla con cucharita entre miles de mocos. Con una diferencia de edad de tan solo un año y once días, casi gemelos, compartieron el chupete, los pañales, los juguetes, la ropa, las enfermedades, el corte de pelo a cepillo, el colegio, la consola, las piscinas desmontables de Avila y de Monterrubio, las bicis, los viajes y, por supuesto, el rock, ese rock que todo lo impregna en el hogar.
Escuchaba, como un ron-ron permanente, el rock y más rock que en cualquier rato libre atronaba su padre por el salón. La verdad es que no ha podido, no han podido, elegir otro estilo musical y entró, como su hermano, a empellones por la puerta grande del rock. Pablo estaba en la cunita y en sus sueños de bebote ya debía reconocer toda la discografía de AC/DC. Antes de cumplir su primer año ya había sido bombardeado con todos y cada uno de los vinilos, CD's y DVD's que había por casa.
Más madera, y su hermano empezó adolescente a pegarle a las baquetas. No le quedó más remedio que colgarse la guitarra para que algo siguiera sonando entre ambos y, así, alargar el juego fraternal. No pudo elegir, tampoco se lo planteó, simplemente se colgó la guitarra, la primera Epiphone que compró y le dejó el tito Rober para foguearse, y aplicó su martillo pilón, como estilo y forma de ser, para conseguir sonido respetable. Pablo sabe donde empieza y donde termina, que no es poco, y sobre todo sabe muy bien a donde va cuando decide empezar algo. No deja nada a medias ni cabo sin atar. Suple sus carencias con esfuerzo, trabajo inteligente y una personalidad avasalladora.
Seguramente, de todo lo que barrunta y traquetea, sea la guitarra a quien mayor empeño y esmero debe dedicar, y lo hace, siempre lo hace porque no consiente, ni aquí ni en Pernambuco, poner el pie de la raya para el fondo. Pablo, rock de zapa, rock auténtico...
Escuchaba, como un ron-ron permanente, el rock y más rock que en cualquier rato libre atronaba su padre por el salón. La verdad es que no ha podido, no han podido, elegir otro estilo musical y entró, como su hermano, a empellones por la puerta grande del rock. Pablo estaba en la cunita y en sus sueños de bebote ya debía reconocer toda la discografía de AC/DC. Antes de cumplir su primer año ya había sido bombardeado con todos y cada uno de los vinilos, CD's y DVD's que había por casa.
Más madera, y su hermano empezó adolescente a pegarle a las baquetas. No le quedó más remedio que colgarse la guitarra para que algo siguiera sonando entre ambos y, así, alargar el juego fraternal. No pudo elegir, tampoco se lo planteó, simplemente se colgó la guitarra, la primera Epiphone que compró y le dejó el tito Rober para foguearse, y aplicó su martillo pilón, como estilo y forma de ser, para conseguir sonido respetable. Pablo sabe donde empieza y donde termina, que no es poco, y sobre todo sabe muy bien a donde va cuando decide empezar algo. No deja nada a medias ni cabo sin atar. Suple sus carencias con esfuerzo, trabajo inteligente y una personalidad avasalladora.
Seguramente, de todo lo que barrunta y traquetea, sea la guitarra a quien mayor empeño y esmero debe dedicar, y lo hace, siempre lo hace porque no consiente, ni aquí ni en Pernambuco, poner el pie de la raya para el fondo. Pablo, rock de zapa, rock auténtico...
