Caminas, amigo, encorvado y sin rumbo cierto, con ojos lánguidos y perdidos que dibujan el zig-zag de las baldosas en cada fría acera de la ciudad, con el cuello de esa gabardina de marca levantado para esconder en el anonimato tu enclenque identidad, penando con las manos bien apretadas en los bolsillos, como escondidas e inactivas, arrastrando los pies, el conformismo temeroso que te invade para no inquietar tu “zona de confort”.
Desde lo más hondo de tu hombría, -ahora bien entumecida y desdibujada por el miedo crónico a casi todo-, sabes que para sobrevivir no hace falta chupar ninguna entrepierna. Pero, pero y por si acaso, estás dispuesto a comerte y no hacer ascos a cualquier verga, ya sea erecta o triste colgajo, con tal de mantener este mundo hecho de retales hasta el día de tu triste ocaso.
Da igual que tu terrenito de confort sea insulso y pobrecillo, y te consuelas tontamente pensando que otros lo amueblan con maderas carcomidas por ese subsidio estatal, autonómico o local de por vida, versión moderna de la limosna que tiraban los Señoritos a los mendigos acurrucados a las puertas de la acaudalada Iglesia.
No levantas, amigo, la voz una sola vez, ni una mano, ni la otra tampoco, ni las cejas, ni que se te ocurra, dice tu peor yo. Da igual lo que veas, lo que escuches, lo que comas, lo que bebas, lo que tragues una y otra vez, siempre callas callastronamente con un rictus jodidamente callado. Eres dócil, muy dócil, dócil en estado superlativo, ejemplo de una vergonzante docilidad.
No temas, amigo, estírate y marca tu devenir, dale apresto a tu paso y respira, vive, ten redaños para degustar y sufrir lo que te encuentres en el día a día sin miedo, se honesto contigo y con los demás, que lo vean tus vecinos, admírate y que lo admiren para que terminen buscando su propio yo. Admirémonos porque para sobrevivir no hace falta comerse ningún cipote ajeno.
Hasta entonces, te recordaré constante ¿dónde quedó, amigo, tu amor propio?.