Allí estás, viejo guardián del estruendo, con tus manos surcadas de historia, con tu gente que son como hermanos y una guitarra que llora y celebra con un corazón que late en acordes de fuego.
Tus botas cargan polvo de mil caminos, pisaron escenarios y sueños rotos, pero en cada paso dejaste un eco, un grito eterno, un rugir de motor, un corazón inmenso.
Tu voz, desgastada como el cuero viejo, es un himno al tiempo, un canto que araña la memoria y enciende la chispa de noches pasadas.
Aún ondea tu bandera negra, con calaveras y estrellas grabadas, testigo de una vida vivida al filo, bebiendo del caos, danzando con las llamas.
Eres leyenda, mito y carne, un huracán que no se arrodilla, porque el rock no envejece, se transforma, se resiste, desafía en la eternidad.
Y aunque el tiempo muerda tus pasos, tu esencia arde indomable, como un riff eterno que nunca cesa, como el trueno que sigue en el aire.
Viejo rockero, nunca te apagues, eres fuego que guía en la oscuridad, un faro para los que sueñan con alas y un eco que nunca dejará de gritar.
Viejo rockero, forever.
