SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL ROCK (PEPE HOMER)

sábado, 11 de octubre de 2025

DICTADURA Y SERVILISMO, INDIGNIDAD ABSOLUTA

A veces me pregunto si los dictadores nacen o los fabricamos nosotros con nuestras renuncias diarias. Porque ningún tirano reina solo. Siempre hay un coro de obedientes dispuestos a aplaudir, a callar, a mirar hacia otro lado. El poder necesita de esa música servil para sonar fuerte. Sin ella, se desmorona en silencio.

Nos llenamos la boca hablando de libertad, pero a la hora de ejercerla nos tiembla el pulso. Preferimos que alguien nos diga qué hacer, qué pensar, a quién odiar o a quién aplaudir. Es más fácil vivir de rodillas que sostenerse en pie con la espalda recta. ¡Qué cómodo es dejar que otro cargue con la responsabilidad de decidir!. Así, poco a poco, el dictador no se impone, sino que se lo servimos en bandeja.

Y mientras tanto, nos convertimos en cómplices por omisión. Cada silencio, cada “no te metas”, cada “para qué luchar si no va a cambiar nada”, es un ladrillo más en el muro de su poder. No nos gobiernan sólo los autoritarios, nos gobierna también nuestra cobardía.

Porque sí el poder corrompe, la sumisión también. El que manda sin límites se pudre en soberbia, pero el que obedece sin pensar se marchita en dignidad. Somos parte del mismo teatro: él actúa de dictador porque nosotros aceptamos el papel de sumisos. Y si el escenario se mantiene, es porque nadie ha tenido el valor de apagar las luces y decir… basta ya”.

Lo más triste es que el servilismo suele disfrazarse de prudencia. “Yo no quiero líos”, “hay que mantener el orden”, “al menos tenemos estabilidad”… ¡Qué palabras tan cobardes, tan suaves, tan mortales!. Son las cadenas modernas: invisibles, cómodas, incluso educadas. Pero cadenas, al fin y al cabo.

La libertad no es un regalo, es una carga. Pesa, duele, exige. Te obliga a pensar, a decidir, a plantarte. Por eso tantos la cambian por un poco de calma, por un jefe fuerte, por un salvador que prometa soluciones sin esfuerzo. Y así, sin darnos cuenta, nos vendemos al mejor postor… y nos creemos inteligentes por hacerlo.

Entonces, ¿él es demasiado dictador?. Puede ser. Pero antes de apuntarle con el dedo, habría que mirarse al espejo. Porque quizá el problema no sea su mano de hierro, sino nuestra espalda demasiado blanda.

El día que el pueblo pierda el miedo, el dictador perderá el trono. Y ese día, amigo, no habrá cadenas que puedan con una voluntad que despierta.