SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL ROCK (PEPE HOMER)

lunes, 11 de enero de 2016

Fredo, el calamar cojito está solito

Fredo llegó a este mundo de aguas revueltas y torbellinas en aquellos lejanos años del NO-DO, donde la vista era en blanco y negro, pincelada de gris y tristón. Su nacimiento fue uno más de tantos que plagaron de neonatos un agua todavía teñida de un rojo carmesí que se resistía a aquella moda incolora impuesta durante tanto tiempo a golpe de sable. Su alumbramiento no se notó en ese descomunal banco de calamares que se movían monocordes al unísono de las corrientes, esperando el fruto de su desove.

Fredo no nació grande, ni fuerte, ni guapo, ni gracioso, ni apuntaba maneras que hicieran apostar por un talento en ciernes. Era menudo, tirillas y su gracia brillaba por su ausencia. Docta Naturaleza y, como para todos los padres, era el ojito derecho de su progenitor, Gran Calamar, que era respetado y reconocido por todo el banco por ser de bien, trabajador incansable en el tajo que sacó de la nada y de palabra inquebrantable.

Fredo era enclenque y con una salud escuálida para soportar esa agua tan fría por donde vagaba el gran banco de cefalópodos, unas aguas que nunca consideró su hogar. Nadaba mal y a trompicones ya que cojeó de una pata enferma desde corta edad. Los calamares de su quinta no jugaban con él para evitar su desgraciada torpeza, desterrándole a la soledad de su mundo interior.

Fredo se aferró a su padre como a un clavo ardiendo para surcar aquellas aguas tan injustas. Confundió, en la ignorancia de sus cuatro paredes, la paternidad con la amistad. Nunca miró puertas afuera, a nada y a nadie, y sólo la senda de su padre fue su devenir.

Fredo creció como pudo a través de renglones torcidos, recordando con cada paso como su cojera balanceaba su complejo de inferioridad. Tanta soledad se hizo aún más solitaria en aquel estrecho mundo donde reinaba su padre y él era el único vasallo. Un mundo de andar por casa, sí, pero lleno porque rebosaba de su idolatrado padre.

Fredo se consideraba afortunado por creer tener para sí, de manera exclusiva y excluyente, al Rey de su pequeño mar. Sí, era un pobrecillo del día a día, pero era el único destinatario de los esfuerzos, reproches, consejos, castigos, caricias, cachetes y ayudas de su padre. Estaba llamado a sucederle. Qué mayor honor que suceder a su ídolo, a su tótem.

Fredo, años después, lloró la muerte del padre, que era mucho más que un padre, que era más que casi todos los padres, incluso que todos los padres juntos.

Fredo tomó el trono del Rey muerto, quizás porque no había más vasallos en tan pequeño reino y para sentarse en la poltrona no hacía falta ningún golpe de estado acuático. Sufría porque ocuparlo era desplazar el recuerdo paterno, que debía seguir siendo imborrable por toda la eternidad.

Fredo, que arrastraba un espíritu delicado, se obsesionó de por vida por superar los logros del ascendiente y hacer de su memoria una constante exhibición a propios y extraños. Con ese valor añadido por conseguir el todo, ni ocupaba el espacio de su adorado progenitor y su mayor éxito lo brindaría al sobresaliente hacer de su mentor. Su enfermizo agradecimiento haría aún más grande la memoria de Gran Calamar y reposaría su frustración como paje canalizador de su obra.

Fredo no se besa porque no llega, -mira que lo intenta- y, a diferencia del resto de mortales calamares, no necesita de abuela paterna ni materna que le doren la perla ni reivindiquen una grandeza que se reconoce repetitivamente a voz en grito, dormido y despierto.

Fredo no conoce ni reconoce a otros calamares. Está solo en su amurallado mar dentro de un gran océano que desconoce, y maldita falta que le hace. Nunca jugó, ni sufrió, ni retozó, ni peleó, ni sonrió, ni lloró, ni vivió con otros. No tiene amigos ni enemigos. Se limita a utilizar a los vecinos y dependientes desde una pretendida bonanza para superar sus limitaciones y frustraciones y poder acercarse a la memoria de Gran Calamar. Bien sabe que nunca lo conseguirá porque, para su natural acobardamiento, el “Gran” le viene grande.

Fredo lleva en el pecado su penitencia. Sus retoños hace tiempo que salieron de ese solitario, pequeño y casposo mar del que sólo se han servido para dar lustre a su piel. Estos pequeños con los que no contó, ahora ya mayorcitos, podrían ser el recambio y la garantía del recuerdo del admirado abuelo. Pero, no, se han escurrido al gran océano y han cruzado una puerta que no tiene vuelta atrás, adivinando al resto de mortales el término final de la memoria de Gran Calamar y de su escudero hijo.

Fredo fue y será por siempre un calamar más. Los demás, ya lo sabíamos desde siempre.

Fredo, el calamar cojito está solito.