A veces me pregunto si los dictadores
nacen o los fabricamos nosotros con nuestras renuncias diarias. Porque ningún
tirano reina solo. Siempre hay un coro de obedientes dispuestos a aplaudir, a
callar, a mirar hacia otro lado. El poder necesita de esa música servil para
sonar fuerte. Sin ella, se desmorona en silencio.
Nos llenamos
la boca hablando de libertad, pero a la hora de ejercerla nos tiembla el pulso.
Preferimos que alguien nos diga qué hacer, qué pensar, a quién odiar o a quién
aplaudir. Es más fácil vivir de rodillas que sostenerse en pie con la espalda
recta. ¡Qué cómodo es dejar que otro cargue con la responsabilidad de decidir!.
Así, poco a poco, el dictador no se impone, sino que se lo
servimos en bandeja.
Y mientras
tanto, nos convertimos en cómplices por omisión. Cada silencio, cada “no te
metas”, cada “para qué luchar si no va a cambiar nada”, es un
ladrillo más en el muro de su poder. No nos gobiernan sólo los autoritarios,
nos gobierna también nuestra cobardía.
Porque sí el
poder corrompe, la sumisión también. El que manda sin límites se pudre en
soberbia, pero el que obedece sin pensar se marchita en dignidad. Somos parte
del mismo teatro: él actúa de dictador porque nosotros aceptamos el papel de sumisos.
Y si el escenario se mantiene, es porque nadie ha tenido el valor de apagar las
luces y decir… “basta
ya”.
Lo más
triste es que el servilismo suele disfrazarse de prudencia. “Yo no quiero
líos”, “hay que mantener el orden”, “al menos tenemos
estabilidad”… ¡Qué palabras tan cobardes, tan suaves, tan mortales!. Son
las cadenas modernas: invisibles, cómodas, incluso educadas. Pero cadenas, al
fin y al cabo.
La libertad
no es un regalo, es una carga. Pesa, duele, exige. Te obliga a pensar, a
decidir, a plantarte. Por eso tantos la cambian por un poco de calma, por un
jefe fuerte, por un salvador que prometa soluciones sin esfuerzo. Y así, sin
darnos cuenta, nos vendemos al mejor postor… y nos creemos inteligentes por
hacerlo.
Entonces,
¿él es demasiado dictador?. Puede ser. Pero antes de apuntarle con el dedo,
habría que mirarse al espejo. Porque quizá el problema no sea su mano de
hierro, sino nuestra espalda demasiado blanda.
El día que
el pueblo pierda el miedo, el dictador perderá el trono. Y ese día, amigo, no
habrá cadenas que puedan con una voluntad que despierta.