Vivimos tiempos extraños. Por un lado, ves
camisetas de Led Zeppelin en las grandes cadenas de ropa, suena “Highway to
Hell” en concesionarios de automóviles y hay vinilos de los Stones en tiendas
que venden café orgánico y velas aromáticas. Pero por otro lado… ¿cuándo fue la
última vez que una banda veterana llenó portadas sin morbo de por medio?, ¿cuándo
una gira de rock clásico fue promocionada por su música y no como "la
última oportunidad de verlos antes de que se mueran"?.
La industria,
-ese monstruo de mil caras-, parece tenernos en una silla en la esquina.
Cómoda, sí, acolchada y con vista… pero con la etiqueta invisible de "reservado
para la nostalgia". Como si los rockeros veteranos fuéramos fantasmas
que deambulan en las listas de reproducción tituladas: "Recuerdos del
ayer" o "Los grandes del pasado".
Los que crecimos con discos de vinilo bajo
el brazo, que convulsionamos en garajes
llenos de humo y sobrevivimos a conciertos que eran verdaderos campos de
batalla sonoro, no venimos a mendigar espacio. Lo tomamos. Lo hicimos en los
setenta, en los ochenta, en los noventa. Y lo seguiremos haciendo.
Porque el
rock no envejece: madura. Como el buen whisky, como las guitarras bien tocadas,
como las cicatrices que cuentan historias. Nos quieren meter en una caja de
cristal, como figuras de acción retro, y nos tiran una playlist de Spotify con
el título: "Rock clásico: lo mejor de ayer". Pero ¿qué pasa hoy?.
¿Qué pasa
con los discos nuevos de Deep Purple o Judas Priest que suenan con más energía
que muchos debutantes?, ¿qué pasa con bandas como Saxon, que siguen pateando
traseros en el escenario con una fuerza que muchos veinteañeros envidiarían?.
Una camiseta de Metallica hecha en masa no
te hace parte del legado. Un termo con el logo de Pink Floyd no es militancia.
Eso es lo que no entienden muchos de los que se suben a esta moda superficial
de consumir rock como se consume una serie de Netflix: rápido, sin contexto,
sin alma.
Para
nosotros, el rock fue (y es) una forma de vida. Una bandera, un escudo, una
herida abierta. Y eso no se vende en un paquete de dos por uno.
¿Nos quieren jubilar?. Que lo intenten.
Que vengan con sus algoritmos, sus rankings superficiales, sus ídolos de
cartón. Nosotros estaremos en la primera fila, con nuestros vinilos, nuestras
chaquetas de cuero desgastadas, nuestros oídos medio sordos pero con el corazón
latiendo al compás de un riff eterno.
Los
veteranos del rock no pedimos permiso. Somos la raíz, el tronco y también las
ramas de este árbol ruidoso y glorioso. Seguimos creando, tocando, escribiendo,
escuchando. Seguimos sintiendo que una buena canción puede salvar un día o
arruinarte de emoción. Y eso no se puede jubilar.
No nos pongan de fondo mientras conducen.
¡Póngannos al frente cuando vivan!. El rock no es un recuerdo: es un grito que
aún resuena.
Y mientras haya un corazón que palpite con
un solo de guitarra, un puño que se alce con un verso de rebeldía, y un alma
que no se conforme…el
rock veterano seguirá rugiendo, jodiendo y resistiendo.
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