Todo comenzó en 1982, en las afueras de Filadelfia,
Pensilvania. Un joven guitarrista y cantante llamado Tom Keifer,
lleno de pasión por el blues y el hard rock, fundó Cinderella junto con el
bajista Eric
Brittingham. Aunque al principio fueron parte del circuito
local tocando en bares y clubes, su sonido pronto empezó a destacar. No eran
una copia más de Mötley Crüe o Ratt. Cinderella tenía algo más: una raíz blues
y bajo el maquillaje, glam.
Durante esos
años formativos, la banda experimentó con varios guitarristas y bateristas
hasta que la alineación clásica se consolidó con Jeff LaBar en la
guitarra y Fred
Coury en la batería (aunque Fred llegó después de la grabación
del primer álbum). Pero fue gracias a Jon Bon Jovi que las cosas
explotaron. Bon Jovi los vio en un bar de Filadelfia, quedó impactado y los
recomendó a su sello, Mercury/Polygram. Esa puerta se
abrió de par en par.
En 1986 llegó ‘Night Songs’,
un álbum que cambió sus vidas y dejó una huella indeleble en el glam de los 80.
Producido por Andy Johns (Led Zeppelin, Rolling Stones), el disco fue
una descarga de riffs, actitud y melodías pegajosas. Canciones como “Shake Me”,
“Somebody
Save Me” y el himno melódico “Nobody’s Fool”
les dieron rotación constante en MTV y un lugar entre los grandes.
El álbum fue multi-platino, y Cinderella salió de gira con Bon Jovi
y David Lee Roth. La banda se comía el escenario: Keifer cantaba como si su
garganta se fuera a romper de pura emoción, mientras LaBar tiraba licks con
sabor clásico. Cinderella era puro fuego.
Cinderella no quería ser encasillada en el glam
superficial. Y ‘Long Cold Winter’ fue la prueba. El segundo disco
mostró una evolución sonora impresionante: menos laca, más alma. Influencias de
Rolling
Stones, Aerosmith, y el viejo blues del Delta afloraban sin
miedo.
Temas como “Gypsy Road”,
“Don’t
Know What You Got (Till It’s Gone)” (una balada que trepó alto
en los charts), y “Coming Home” demostraban una nueva profundidad. No
era solo un cambio de sonido: era Tom Keifer mostrando el alma,
mientras su voz empezaba a pasarle factura.
En plena explosión del grunge, Cinderella lanzó su
tercer álbum, ‘Heartbreak Station’, con un enfoque todavía más
roots, más rock sureño. El título lo decía todo: había melancolía, desencanto
y autenticidad.
El disco no fue
tan exitoso comercialmente como los anteriores, pero contenía joyas como “The More
Things Change”, “Shelter Me”, y la propia “Heartbreak
Station”. El look ya no era tan glam, sino más sucio y
callejero. Pero mientras la música seguía en alto, la salud de Tom Keifer
comenzaba a quebrarse seriamente: problemas en las cuerdas vocales lo obligaron
a someterse a varias cirugías.
Como tantas bandas de hard rock de los 80,
Cinderella fue una víctima del cambio brutal que trajo el grunge a principios
de los 90. Nirvana, Pearl Jam y Alice in Chains tomaron la escena por asalto, y
bandas como Cinderella quedaron fuera de foco. A esto se sumaron los problemas
personales, los cambios de management y la salud de Keifer.
En 1994
lanzaron su cuarto disco, ‘Still Climbing’, que prácticamente
pasó desapercibido. Fue un disco sólido, con corazón, pero llegó tarde y sin
apoyo. Al poco tiempo, la banda fue dejada por el sello y se desintegró
silenciosamente.
Pero el rock verdadero no muere, solo espera.
Cinderella regresó a finales de los 90 y principios de los 2000 con giras
nostálgicas por EE.UU. y Europa. Participaron en los festivales de hair metal
como el Monsters
of Rock Cruise y el Rocklahoma, tocando ante fans
fieles que nunca los olvidaron.
Aunque nunca grabaron
un nuevo disco, las giras fueron intensas. Pero los fantasmas
no se iban: Keifer seguía luchando con su voz, y las relaciones internas eran
tensas. En 2012, después de una última gira, Cinderella entró en un receso
indefinido. Keifer decidió enfocarse en su carrera solista con The Way Life
Goes (2013) y Rise (2019), donde siguió mostrando
su vena rockera-bluesera con dignidad y pasión.
Uno de los golpes más duros llegó en 2021,
cuando el guitarrista Jeff LaBar falleció a los 58 años.
Su muerte marcó un antes y un después. Keifer fue claro: sin Jeff, no
hay Cinderella. Fue un cierre doloroso, pero también digno.
LaBar fue una pieza esencial de ese sonido tan único, entre el fuego de los
riffs y el corazón del blues.
Cinderella fue mucho más que maquillaje, laca y
baladas. Fue una banda con alma, con raíces en el blues y
una actitud callejera que los hizo diferentes. Tom Keifer, con su voz áspera y
su entrega visceral, se convirtió en un anti-héroe del glam, y cada disco
dejó una marca propia.
Su legado vive en cada riff de
“Gypsy Road”, cada grito de “Shake Me”, cada lágrima en “Don’t Know What You
Got…”. Cinderella fue una historia de triunfo, caída,
lucha y redención. Y como toda buena historia de rock, aún resuena en los
corazones de quienes vivieron esa era de gloria.
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