Miro a mi alrededor y me pregunto si todavía se
cree en el rock. No en el recuerdo, no en la nostalgia, no en los vinilos
apilados como trofeos. Me pregunto si “se
cree de verdad”. Si todavía alguien lo siente en las tripas, lo
vive con el corazón acelerado, lo grita en medio de esta era de plástico
digital y canciones que duran menos que un respiro.
Porque seamos
claros: el
rock ya no está en la cima del mundo. No manda en la radio, no
domina los charts, no es el lenguaje de moda entre los chavales. Los algoritmos
te ofrecen reguetón, pop reciclado, trap en bucle y una que otra banda indie
que suena más a anuncio de colonia que a revolución sonora. A veces pareciera
que al rock lo han jubilado, que lo mandaron a una residencia con el letrero de
“Gracias por los recuerdos y los servicios prestados”.
¡Pero que no te engañen!. El rock no es una moda. Nunca lo fue. El rock es
una herida abierta, un rugido incómodo, un dedo en medio a todo lo que quiere
adormecernos. Es actitud, es sudor, es verdad. Y aunque ya no lo veas en los
grandes focos, sigue
ahí, latiendo en los garajes, en las salas pequeñas, en los cables
de guitarras baratas, en cada alma que todavía se niega a ser domesticada por
la música diseñada por inteligencia artificial.
Porque creer en
el rock hoy, en este siglo XXI, es un acto de fe y de rebeldía. Es
seguir llevando esa camiseta de Black Sabbath aunque todos a tu alrededor
escuchen música prefabricada. Es enseñarle a tus nietos quién fue Lemmy, o por
qué Iggy Pop sigue siendo más peligroso que cualquier influencer de TikTok. Es
poner un vinilo de Motörhead a todo volumen mientras haces el desayuno y sentir
que la sangre se te calienta como si tuvieras veinte años.
Claro que el
rock ha cambiado. Ya no suena igual. Ya no necesita llenar estadios para ser
importante. Ahora es más subterráneo, más mutante. Está en bandas emergentes,
en sellos independientes, en la resistencia de quienes se niegan a que la
música pierda alma. Hay rock en Corea, en Argentina, en Nigeria, en el barrio
de al lado. Tal vez no lo reconozcas a la primera, pero si prestas atención, el
espíritu sigue intacto: no obedecer, no rendirse, no callar.
Así que sí, se cree en el
rock. No todo el mundo, claro. Pero los que creemos, lo hacemos
con más fuerza que nunca. Y no lo hacemos por nostalgia, sino porque seguimos
convencidos de que hay que hacer ruido, de que hay que vivir con volumen alto,
de que hay que patear las puertas del sistema… aunque sea con un bastón.
Porque si algo
tengo claro, es esto: el rock no ha muerto. Solo está
esperando que alguien vuelva a encender el amplificador y lo deje gritar.
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