SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL ROCK (PEPE HOMER)

martes, 28 de enero de 2025

EN EL ENTIERRO DE UN VIEJO ROCKERO

Bajo un cielo gris, cargado de historia y cenizas, marchábamos. No era un funeral cualquiera, era el adiós a un viejo rockero, un guerrero de las seis cuerdas, un poeta del ruido. Las botas resonaban en el pavimento como tamborileo de guerra, acompasadas por los acordes imaginarios de un riff eterno que nos había marcado a todos.

La multitud no lloraba en silencio, gritaba. Gritaba con las gargantas rasgadas por mil noches de humo y whisky barato, por canciones cantadas a gritos bajo lunas que fueron testigos de su gloria. En las camisetas negras desfilaban logos desgastados, tatuajes de calaveras y alas desplegadas, mientras las manos alzaban cuernos al cielo. Él habría querido así su última función.

En el ataúd no había ornamentos lujosos. Solo una guitarra, su fiel compañera, reposaba sobre la madera oscura. Las cuerdas, gastadas y oxidadas, hablaban de mil batallas en escenarios diminutos, en bares que apenas sostenían la electricidad de los amplificadores. Era un altar para el rock, un tributo silencioso al dios que adoró.

Alguien encendió un amplificador y, como una descarga eléctrica, el aire se llenó de distorsión. Se escucharon los primeros acordes de Highway to Hell, y la procesión estalló en un caos controlado. Cabezas sacudidas, puños al aire, y esa energía salvaje que solo el rock sabe convocar. No era tristeza lo que nos unía, era celebración. Celebración de una vida vivida al máximo, sin frenos ni cadenas.

Recordé entonces sus palabras: “El rock no muere, solo cambia de escenario”. Y allí estaba él, mudándose al escenario eterno, donde los solos de guitarra no tienen fin y las estrellas no se apagan. Nos había enseñado a vivir con los amplificadores a tope, a desafiar las reglas, a amar con la intensidad de un solo de guitarra en su clímax. Y ahora, al despedirlo, sabíamos que su legado estaba tatuado en nuestras almas.

Cuando la tierra comenzó a cubrir el ataúd, alguien levantó una botella de Jack Daniel’s y la vació sobre el montículo de tierra, como si fuera una libación sagrada. “Por ti, viejo”, dijo, y los demás coreamos. Era su última gira, pero también el comienzo de algo eterno.

Hoy el cielo tiene un nuevo miembro en su banda de rock. Y cuando truene, sabremos que él está allí arriba, tocando un solo que hace vibrar las estrellas.

Larga vida al rock. Y larga vida al viejo rockero, donde quiera que suene su guitarra ahora.





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