Bajo un cielo gris, cargado de historia y
cenizas, marchábamos. No era un funeral cualquiera, era el adiós a un viejo
rockero, un guerrero de las seis cuerdas, un poeta del ruido. Las botas
resonaban en el pavimento como tamborileo de guerra, acompasadas por los
acordes imaginarios de un riff eterno que nos había marcado a todos.
La multitud no lloraba en silencio,
gritaba. Gritaba con las gargantas rasgadas por mil noches de humo y whisky
barato, por canciones cantadas a gritos bajo lunas que fueron testigos de su
gloria. En las camisetas negras desfilaban logos desgastados, tatuajes de
calaveras y alas desplegadas, mientras las manos alzaban cuernos al cielo. Él
habría querido así su última función.
En el ataúd no había ornamentos lujosos.
Solo una guitarra, su fiel compañera, reposaba sobre la madera oscura. Las
cuerdas, gastadas y oxidadas, hablaban de mil batallas en escenarios diminutos,
en bares que apenas sostenían la electricidad de los amplificadores. Era un
altar para el rock, un tributo silencioso al dios que adoró.
Alguien encendió un amplificador y, como
una descarga eléctrica, el aire se llenó de distorsión. Se escucharon los
primeros acordes de Highway to Hell,
y la procesión estalló en un caos controlado. Cabezas sacudidas, puños al aire,
y esa energía salvaje que solo el rock sabe convocar. No era tristeza lo que
nos unía, era celebración. Celebración de una vida vivida al máximo, sin frenos
ni cadenas.
Recordé entonces sus palabras: “El rock
no muere, solo cambia de escenario”. Y allí estaba él, mudándose al
escenario eterno, donde los solos de guitarra no tienen fin y las estrellas no
se apagan. Nos había enseñado a vivir con los amplificadores a tope, a desafiar
las reglas, a amar con la intensidad de un solo de guitarra en su clímax. Y
ahora, al despedirlo, sabíamos que su legado estaba tatuado en nuestras almas.
Cuando la tierra comenzó a cubrir el
ataúd, alguien levantó una botella de Jack Daniel’s y la vació sobre el
montículo de tierra, como si fuera una libación sagrada. “Por ti, viejo”,
dijo, y los demás coreamos. Era su última gira, pero también el comienzo de
algo eterno.
Hoy el cielo tiene un nuevo miembro en su
banda de rock. Y cuando truene, sabremos que él está allí arriba, tocando un
solo que hace vibrar las estrellas.
Larga vida al rock. Y larga vida al viejo
rockero, donde quiera que suene su guitarra ahora.

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