Imagino que estoy en un garaje lleno de
posters y banderas de Deep Purple, Rolling Stones, Led Zeppelin, AC/DC, Black Sabbath
y los de toda una cohorte de bandas herederas del rock pesado que adornan sus
paredes y me abrazan con su calor, apoyado en un taburete alto con mi
Stratocaster colgando del hombro, sintiéndola contra mi torso, con una púa
dispuesta a rasgar sus cuerdas de acero y una fría cerveza esperando en la
mesa.
Enciendo con ritual casi religioso ese
amplificador Marshall que tanto esfuerzo y dinero me costó reunir, ajusto los
potenciómetros y subo el volumen. El mundo entero desaparece a los primeros
acordes y escalas que brama rugientes el “ampli”. El tiempo se para y el sonido
me invade. Mis pensamientos se aceleran y los sentimientos son enérgicos,
apasionados. Saboreo la esencia del rock.
El rock no es simplemente música, es
actitud, resistencia, libertad y sentimiento. Es gritarle al mundo que existo,
que no me voy a rendir ante la indolencia, que cada riff será un puñetazo en la
cara del conformismo, y cada solo, un himno de rebeldía. Es una fuerza que me
impulsa a levantarme después de cada caída, siempre, con el corazón latiendo al
ritmo del doble bombo.
Así que dime, amigo, ¿qué himno quieres
que toque hoy? ¿Un clásico que incendie el alma o una nueva composición para
seguir extendiendo esta locura que llamamos rock?.

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