Votar es un acto de fe y de esperanza. Uno
deposita su confianza en alguien que promete un cambio, que jura representar
los intereses del pueblo, que se llena la boca con palabras de justicia, de
bienestar, de libertad. ¡¡Pero qué amarga es la sensación cuando ese voto se
convierte en una daga clavada en la espalda de la democracia!!.
Porque una
cosa es elegir mal, equivocarse por desconocimiento o ingenuidad. Pero otra muy
distinta es darse cuenta, demasiado tarde, de que hemos puesto en el poder a un
lobo disfrazado de cordero. Un populista que agitó las banderas del
descontento, que supo leer la desesperación de la gente, pero que en el fondo
tenía otro plan: concentrar el poder, atacar al que piensa distinto, reprimir
al pueblo mientras se enriquece con la misma impunidad de los tiranos.
El populista
siempre promete el cielo, pero termina construyendo un infierno. Y lo peor de
todo es que, cuando el velo cae, ya ha acaparado tanto poder que es difícil
detenerlo. Se rodea de aduladores, criminaliza la protesta, persigue a la
prensa, manipula la justicia y demoniza a sus opositores hasta convertirlos en
enemigos del Estado. Lo vimos en la historia y lo estamos viendo hoy.
Y ahí es cuando llega el golpe de
realidad. Ya no hay excusas, ya no hay dudas. El tirano nos ha tomado por
idiotas. Nos vendió libertad y nos dio opresión. Nos prometió patria y la está
rematando al mejor postor. Nos habló de grandeza mientras destruye todo lo que
nos hace un país. Y lo peor, lo más indignante, es que todavía hay quienes lo
defienden, quienes prefieren mirar para otro lado, quienes justifican el
desastre con el fanatismo ciego de los que ya no quieren pensar.
No hay
margen para la tibieza. Al fascista no se le tolera, se le enfrenta. Al traidor
del pueblo no se le da tregua, se le desenmascara. Y a los que aún no
despiertan, hay que sacudirlos antes de que sea demasiado tarde.
La gran lección es que la democracia no es
un cheque en blanco. No basta con votar y desentenderse. Hay que estar atentos,
hay que exigir, hay que levantar la voz cuando el gobierno se aleja del pueblo
y se convierte en una maquinaria de opresión. Y, sobre todo, hay que aprender.
Para que la próxima vez no nos vendan espejitos de colores y terminemos, otra
vez, lamentando nuestro propio voto.
Porque la
historia ya nos ha enseñado lo suficiente. Ahora es cuestión de que escuchemos y
de que actuemos.
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