A los matones, -ese pequeño, despreciable
e insoportable círculo que sufrimos desde nuestra más tierna infancia hasta la
senilidad-, le puedes ganar en el día a día con inteligencia, estrategia y
paciencia calculadas.
Los matones suelen ser impulsivos y se
dejan llevar por sus propias emociones, por lo
que debes usar su propia agresividad en su contra. Provócalo sutilmente
para que cometa errores, pierda la calma y termine desenmascarándose solo.
Un matón se alimenta del miedo y la
inseguridad, por lo que debes mantenerte firme y confiado. Si te mantienes
sólido, seguro de ti mismo y sin titubear, empezarás a sembrar la duda en su
mente.
Expón sus debilidades ya que todo matón
tiene un punto flaco, su ego. Señalar sus fallos en el momento justo, frente a
las personas adecuadas, puede desmoronarlo poco a poco.
Si el matón es una tormenta, conviértete
en una montaña dominando el arte de la paciencia. No respondas con ira
inmediata, sino con movimientos estratégicos a largo plazo.
Fomenta la desconfianza en su círculo,
genera situaciones en las que sus propias decisiones lo perjudiquen, y haz que
sus aliados duden de su liderazgo. Conviértelo en su propio enemigo.
Juega con la
ironía y el humor. Un matón no sabe manejar la burla inteligente. Una
respuesta sarcástica en el momento preciso puede hacer que pierda los estribos
y se exponga solo.
Usa la astucia
en lugar de la fuerza ya que no se trata de enfrentarlo con su misma
brutalidad, sino de usar la inteligencia para desarmarlo sin necesidad de
mancharse las manos.
En definitiva, conviértete en el estratega, no en
el soldado. Usa su temperamento como un arma en su contra y haz que su propio
fuego lo consuma.
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